Hace unos días regresé de una expedición científica a la bahía Yendegaia en el corazón de los canales fueguinos. Durante el viaje, sentí que los versos del cantor argentino Nicolás Granato son parte del pasado, porque cuando los escribe en 1927 hace casi 100 años, describe un escenario climático de Tierra del Fuego muy diferente al de hoy.

“En el continente hermoso
De la tierra americana
En una región lejana
Y de clima venenoso
Existe un rincón brumoso
De aspecto triste y sombrío
Donde impera el aire frío
De las regiones polares
Que congela hasta los mares
En el rigor del estío”
(1era estrofa poema Tierra del Fuego N. Granato 1927)

La cordillera de Darwin es sin duda una de las reservas de glaciares más importantes del continente. Los cauces congelados desembocan en el canal Beagle y en los numerosos fiordos que componen la reserva de la biósfera Cabo de Hornos.

Las temperaturas durante varios días del mes de marzo fluctuaron entre los 5 y los 18 grados Celsius, mientras el sol hacía brillar las hojas rojas del otoño en los Nothofagus Pumilios y Antárticos (Lengas y Ñirres), situación muy lejana al ambiente de conservación que requieren los gigantes macizos congelados.

Calentamiento global es la elevación de temperatura de la superficie terrestre que produce el efecto invernadero, cuyo aumento es directamente proporcional a nuestra capacidad de producir más Co2 o Dióxido de Carbono. Si bien es cierto el Co2 contribuye a mantener la temperatura del planeta en niveles aptos para la vida humana, el exceso de éste produce el efecto contrario.

Los volcanes son productores naturales de Co2 y se estima que son responsables de entre 65,000,000 a 320,000,000 de toneladas al año, cifra que corresponde a un 0,25 % del total y que es ampliamente superada por los 29,000,000,000 de toneladas que genera el ser humano solo por el consumo de combustible fósiles. Cuando preguntan qué podemos hacer para mitigar este impacto, la respuesta tiene muchos matices.

En general, el ser humano se preocupa, pero las acciones de mitigación son insuficientes y seguimos nuestra rutina normal sin hacer nada que logré detener el derretimiento de nuestros glaciares o revertir, en alguna medida, nuestra huella de carbono. Un esfuerzo individual puede parecer insignificante, pero un cambio de cultura global puede lograr cambios importantes durante el Siglo XXI.

¿Qué podemos hacer entonces desde nuestra modesta posición de cohabitante del planeta?

1. Utilicemos la energía eléctrica más eficientemente; no la usemos
cuando no se necesita. Calentar agua, climatizar artificialmente o iluminar por estética son lujos que podemos manejar y reducir cuando nos proponemos hacerlo.

2. Desplacémonos en vehículos motorizados más eficientemente como por ejemplo en grupos; la bicicleta es un medio de transporte amigable cuando las distancias lo permiten y volemos menos en avión.

3. Reciclemos el agua, el papel, los muebles y ropa; generemos ganadería productiva amigable y no extensiva que han producido la tala indiscriminada de los bosques nativos del planeta. Comer alimentos en estados más naturales evita el consumo de gran cantidad de energía en procesarlos y envasarlos. Sólo así podremos regenerar los árboles maravillosos que producen oxígeno y devoran el Co2.

4. Generemos y apoyemos iniciativas de conservación que protejan la naturaleza y su biodiversidad, que promuevan un uso delicado de los ecosistemas y finalmente produzcan un cambio en la mirada que hoy tenemos de la tierra.

En fin, hay cientos de medidas que podemos agregar pero si comenzamos por estos cuatro conceptos, nuestras vidas y las de nuestro entorno cambiarán, volverá el canto de las aves y nuestros nietos y sus descendientes lo agradecerán.