Las certificaciones disponibles en Chile para emergencias en zonas agrestes que incluyen el WFA (wilderness first Aid), WAFA (wilderness advanced first aid) y el WFR (wilderness first responder), adolecen de una serie de problemas universales: vacíos legales, falta de regulación y un estándar mínimo obligatorio para los currículums, selección de instructores y calificación de los alumnos. Los distintos cursos se apoyan en asociaciones internacionales para sus certificaciones, pero éstas tampoco se hacen cargo de los problemas. Si bien estos cursos se han posicionado como el estándar que solicita la industria, la realidad es que están lejos de serlo. Hasta que las certificaciones no se formalicen y adquieran un carácter más serio, la calidad de las mismas seguirá dependiendo directamente de quienes las imparten.

A diferencia de los cursos urbanos, los primeros auxilios en ambiente agreste no tienen ninguna legislación que especifique los contenidos, métodos de enseñanza y parámetros de evaluación que deban incluirse para que la certificación tenga alguna validez. Con el paso del tiempo las mismas organizaciones médicas y de educación al aire libre que imparten los cursos han llenado este vacío de manera informal, y pese a que los individuos certificados reciben la misma denominación (por ejemplo WFR), la certificación es muy dispar y no se traduce necesariamente en un producto final común a todas ellas.

Los únicos puntos en que existe algún consenso es en el contenido de los cursos y en el ámbito de la práctica de las personas certificadas debido, probablemente, al intercambio informal de información que existe entre quienes ofrecen los cursos y al trabajo conjunto de algunas instituciones norteamericanas quienes publicaron en 1999 el documento “Temas mínimos para el curso de WFR” y luego las “Guías del alcance de la práctica” para el WFA (2010 y 2013) y para WFR (2010 y 2016).
Asimismo, algunas instituciones, como la Wilderness Medical Society, han intentado sistematizar los contenidos teóricos, publicando documentos (como las “Guías para la práctica de primeros auxilios agrestes”) que describen distintas situaciones de emergencias y su manejo, basadas en la mejor evidencia disponible. Sin embargo, ni las guías prácticas de la WMS ni los documentos de consenso tienen carácter obligatorio, siendo sólo sugerencias para ser incluidas en los distintos currículums.

Uno de los mayores desafíos en educación médica es la consistencia y habilidad en la enseñanza. Independiente de cuál sea el contenido teórico de los programas, la forma en que los instructores entregan la información, sus métodos de enseñanza y el comportamiento frente a los alumnos son muy variables y ni siquiera el desarrollo de un currículum estandarizado y basado en la evidencia puede garantizar que los estudiantes aprendan. La capacidad de los estudiantes de prepararse para enfrentar situaciones de emergencias reales depende en buena medida de cómo se les enseña más que en lo que se les enseña. A diferencia de los cursos de emergencias urbanas, cuyos contenidos han disminuido progresivamente, los cursos para áreas agrestes siguen abarcando un amplio espectro de temas, muchos de ellos complejos, cuya comprensión requiere de conocimientos de fisiología, fisiopatología, examen clínico, capacidad para evaluar, diagnosticar y realizar intervenciones específicas. Por estas razones la selección de instructores es un punto crítico que debería idealmente apuntar a una base teórica sólida, práctica regular en las materias que se enseñan, experiencia docente y participación en actividades en ambientes agrestes.

Respaldarse en entidades internacionales para validarse no soluciona los problemas descritos ya que el proceso de validación, en la mayoría de los casos, se lleva a cabo a distancia. El organismo acreditador sólo hace entrega del material de estudio y todo el proceso de aprendizaje y evaluación queda en manos de la institución local quien finalmente otorga los diplomas con el respaldo del ente internacional. Si bien el material teórico entregado puede seguir los consensos, el problema está en el desarrollo del curso donde la institución acreditadora no tiene control alguno sobre el desempeño de los instructores ni sobre la evaluación de los alumnos. En otras palabras, dicho respaldo no garantiza que el resultado tenga un mínimo de calidad exigible.

La definición de certificar es “dar por verdadero o confirmado algo”.
Certificar que un alumno completó un curso de un determinado número de horas es muy distinto a certificar que al final del mismo tiene las competencias que se han planteado como objetivo. Por el momento sigue dependiendo de las distintas instituciones formadoras locales certificar si sus alumnos poseen realmente las competencias que se les piden.
Ningún logo, insignia o manual podrá asegurar que el alumno cumple con los requisitos mínimos. Sólo la seriedad de quienes están a cargo de su instrucción podrá velar porque el resultado final cumpla con un estándar mínimo que permita mejorar finalmente la seguridad de las personas que realizan actividades al aire libre en lugares remotos.

Dr. Nicolás Macchiavello
Director de Programas
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